Kuala Lumpur
Torres Petronas
Thaipusam
Malaca
Malasia
 
Escrito desde Chong Hoe Hotel, en el barrio chino de Malacca.
Autora: Amandine Demarteau
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Madrid, Londres, Kuala Lumpur; y nos despertamos de noche en la capital malaya bajo 35 grados y una humedad que debe acercarse al 2000 por ciento. Un cruce de la línea ecuatorial que nos propulsa en un universo oriental tan distinto y lejano a los que conocemos…

En su “journal de voyage”, el sabio y moderno Michel de Montaigne relata las peripecias de su “viajar” entre Francia e Italia –entonces trayecto de varias semanas-, y esta parte del manuscrito es ciertamente aún más importante que las descripciones de lo que constituye su estancia cuando ya ha alcanzado su destino. Para los viajeros de los siglos pasados, el recorrido se vivía, se sufría físicamente y duramente; te ibas acostumbrando a los degradados de colores, los cambios de perfumes, las variaciones y similitudes de lenguas, la progresión de los climas, el crecimiento del día o de la noche… cuando llegabas a tu meta, estabas enriquecido de la sensación de ya haber pasado mil vidas…

Pero admitiré que, aunque se pierdan estas románticas experiencias, ¡los caminos celestes son muy ventajosos y confortables! 
Cuesta creer que la misma mañana de la salida, tomaba un café caliente con Giul en Lavapiés, intentando vencer en vano el frío de una Madrid aún bajo nieve! Y ahora: liberación de los pies para adoptar las chanclas, ¡¡¡VIVA ASIA!!!

Kuala Lumpur parece una ciudad llena de imágenes antagonista: un tuc-tuc vende pastelitos caseros al lado de un Ferrari; una rata del tamaño de un gato se esconde tras la cañería del hotel de lujo; una musulmana con su velo entra en la tienda de lencería sexy del centro comercial más moderno de la capital.

Las personas son muy amables y acogedoras; es fácil comunicar con ellos, ya que hasta el viejecito de la aldea habla inglés mejor que nosotros – ¡me da vergüenza admitirlo!-, supuestamente debido al hecho que Malasia estuvo bajo dominación británica hasta 1957. Lingüísticamente interesante: algunas palabras parecen haber sido transcritas fonéticamente desde el inglés; así que cuando llegamos, tomamos un TEKSI hasta el centro, adelantando un coche de la POLIS para ir al RESTORAN situado en frente del MUZIUM.


Dedicamos los primeros días a conocer los puntos emblemáticos de la ciudad, entre ellos las famosas torres Petronas: 452 metros de acero y cristal que albergan prestigiosas tiendas de alta costura, oficinas y espectaculares viviendas.
Nos sentamos en el parque para admirar los rascacielos, tras los que pasa un tren magnético que anda como suspendido en el aire; visión casi futurista de una metrópolis en una película de ciencia ficción… Y de repente, se oye el canto de un imán desde la mezquita más cercana: es la hora de rezar. El grupo de fieles se postran hacia la Meca e, ¡ironía de la suerte!, al Este se colocan precisamente las Petronas gemelas. Curiosa visión: el santuario = el centro comercial, para el “dios shopping”.


Para mí son también los primeros ensayos de comida local, a veces muy muy picante (ahora Anik, entiendo mejor porque cuando vienes a comer añades medio bote de guindilla y pimienta en cada plato): pollo al curry y cúrcuma indio, noodles y ravioles chinos con soja y sopas malayas que mezclan a menudo frutas cómo el coco o la piña con carnes variadas en un jugo agro-dulce. Ya mis dedos se acostumbraron a manejar los palillos; mi paladar al picante; ¡me encanta!

El tercer día surge la primera gran sorpresa del viaje: descubrimos que el 30 de enero, noche de luna llena, la comunidad hindú–tamil celebra el mayor festival del año: el Thaipusam.
Una pregunta al azar a un turista nos lleva a la Cueva de Batu, poco más al norte de Kuala Lumpur, para asistir a una espectacular manifestación de folklore y espiritualidad que ni las palabras más enfáticas podrían describir.
Con Rafa (el turista citado arriba, que se reveló ser un pintor malagueño apasionado de Asia y nómada experto en el mundo oriental), vivimos unas intensísimas horas cuyo recuerdo permanecerá para siempre en nuestras memorias. Miles y miles de fieles desfilan a nuestro alrededor, en una infinita procesión de colores. Los peregrinos en trance sostienen marcos ornamentados y ofrendas en la cabeza para ofrecerles a su Dios, simbolizado por una colosal estatua de bronce delante de la cueva sagrada.

Las flores, guirnaldas, plumas y frutas proliferan en un huracán de colores que se mueve al ritmo del tam-tam y campanillas. Hombres y mujeres han cubierto su cuerpo de ganchos que sostienen regalos y han insertado pinchos y flechas en sus lenguas y mejillas: sufrimiento y devoción.

Tras kilómetros de calvario y 272 escaleras cantando y bailando, los devotos llegan a la cueva y se descargan. Un grupo de jóvenes enfermeras, blancas como los ángeles, ayudan a  peregrinos que se desmayan, deshidratados, dolidos y extenuados.
Los más listos, un grupo de monos que baja de las paredes para apoderarse del festín depositado allí.

Abajo, observamos los rituales de preparación de la subida: afeitarse la cabeza y cubrirla de una espesa “harina” amarilla. Unos padres, orgullosos de enseñarnos sus tradiciones, nos invitan a asistir a la “metamorfosis” de su hijo: tras afeitarle, le adornan las orejas con pendientes. De este maravilloso día, me quedan cientos de sonrisas, y recuerdo particularmente una familia de siete hijas que me abrazaron una tras otras antes de despedirse.
A finales de tarde, los tres volvemos a Kuala Lumpur, silenciosos tras tal exhibición de belleza y de fe, como emborrachados de demasiada emoción. Rafa vuele en Andalucía el día siguiente, coronando su viaje con este recuerdo especial; nosotros acabamos de empezarlo con la extraña sensación de que uno de sus mejores momentos se haya ya consumido junto a las miles de velas de despedida en la Cueva de Batu.

El lunes, dejamos la frenética Kuala Lumpur hacia Malaca, una pequeña ciudad en la costa Sur Este, mucho más carismática y acogedora. Esta “Venecia del Este” fue durante siglos el epicentro del comercio de especias, y su atmósfera multicultural y pluriétnica aún se respira en las calles. El barrio chino, donde nos alojamos, está lleno de talleres, boutiques y bazares que invitan al paseo y a la “flânerie”: esculturas y cuadros, libros antiguos, pastelerías, relojeros y artesanos de caligrafía, mayores que trenzan cestas y sillas, vendedores de postales amarilleadas y estampitas descoloridas… Las distintas poblaciones que se establecieron aquí supieron conservar el carácter bohemio y soñador del viajero.

En nuestra calle, cohabitan armoniosamente cuatro religiones, simbolizadas por una sorprendente variedad arquitectónica; paseando en ella, observas las diosas color pastel con decenas de brazos y los elefantes con sombreros ornamentados de piedras preciosas encima del templo hindú; escuchas las oraciones árabes desde la cúpula de la mezquita; respiras los efluvios de incienso que se escapan del templo budista; y a pocos metros, ves la cruz latina encima de una iglesia construida por los Portugueses en la época colonial. ¡Increíble! El mundo en una calle… ¡Y sin conflictos!

Al día siguiente, la compleja situación religiosa en Malasia genera una bella conversación con un imán mientras esperamos un barco para ir a una isla cercana; él cruza dos veces al día en este mismo para ir a cantar al templo. Este abuelo de 14 nietos, casado con una China convertida, nos transmite una imagen del islam muy diferente del radicalismo y extremismo demasiado deformado por los medios de comunicación. Con sus gafas de sol, su cigarro en los labios y su voz a lo Luis Amstrong, este gran hombre que parece un jazzman de Nueva Orleans nos cuenta que al final, cualquiera que sea el nombre que demos a dios, todas las religiones dicen los mismo: amar.

Tomamos sitio en la popa para disfrutar de la brisa, y allí coincidimos con Anie y Mohammed, que viajan también a la “isla de los deseos”: este lugar al que vamos permite la realización de las voluntades allí formuladas, según la leyenda.
La isla es pequeña y presenta una intensa vegetación. Nos dicen que alberga iguanas, cobras y pitones pero “¡tendrán miedo y escaparán ellas antes que vosotros!”. De repente, el camino de selva tropical desemboca en un césped perfectamente cortado: ¡un kilométrico campo de golf toma plaza en el medio de la jungla! Otro contraste de Malasia…

Durante la vuelta en barco, Anie nos cuenta que su petición fue que un día pudiera montar su propia empresa para contribuir a preservar los fondos marinos de su país. Me doy cuenta que a veces, tengo ideas preconcebidas sobre ciertas realidades, y me alegro poder romper con ellas: esta joven mujer musulmana que quita su pañuelo solo en la intimidad podría parecer ahogada bajo las mentalidades conservadoras y restrictivas. En realidad, Anie estudia en la mejor universidad de Kuala Lumpur, tiene por sueño liderar una actividad propia y, mientras Mohammed lanza indirectamente que “un buen deseo para pedir a la isla es el matrimonio”, ella me confía con una mirada cómplice que “no sé cuáles son sus intenciones hacia mí, pero yo lo considero sólo un buen amigo”.

La libertad de costumbres, y particularmente la libertad sexual está sin embargo bien lejos de la que tenemos en Europa: el “delito” de homosexualidad prevé una pena de 20 años de cárcel. En cuanto a la prostitución, aparentemente no existe, aunque las decenas de jóvenes tailandesas y filipinas que proponen “masajes asiáticos” con tacones de 15 centímetros y minifaldas no dejan indiferente a nadie.

Ayer fui iniciada en otra interesante costumbre: el milenario ritual del té chino. Pasé la tarde en un palacete chino de unos trescientos años de antigüedad, decorado por una gitanesca campana de bronce en su patio interior. Una joven malaya me propone elegir entre una docena de hojas, cuyo olor es más rico cada vez. Me quedo con el “phenix”; ella me enseña la ceremonia para “despertar el té” y liberar los sabores del líquido naranja a través de distintas cerámicas, repitiendo los gestos de sus antepasados.

A pesar de los 38 grados exteriores, el té casi hirviendo ofrece una curiosa sensación de frescor. Es un viaje para los sentidos: perfumes de flores, colores de bambú y sabores especiados. Durante unas horas, el tiempo está parado; reina la serenidad...